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"CON TAN DULCE MOTIVO"

   

23/Agosto/2012

JAVIER HERNÁNDEZ (cultoro.com)

Bilbao Parecía desprendido de esa mochila que le pusieron cuando era niño, y en la que cada año iban metiendo kilos y más kilos de piedras, de presión. Y con tamaña mochila, Juli toreaba, triunfaba, se perfeccionaba, se reinventaba, caminaba y transportaba la mochila del toreo, cargada y recargada, hacia el futuro. Así años y años. El Juli, un voluntario obligado sobre el que poner el peso de todo. A él, que lo aguanta. A él esa mochila. Y si torear ya es complicado, qué difícil debe ser expresar el toreo que uno sueña con mil kilos a la espalda. Juli se había sacudido de encima un quintal con la noticia de la vuelta de los toros a la tele española. Por eso parecía flotar. Y con tan dulce motivo, Dulce, un sobresaliente Pilar donde arrojar el resto de carga de tantos y tantos años. Dulce, el pilar necesario en el momento indicado. Y Juli, ya sin mochila, soltaba muñecas, lanceaba en sueño, ceñía chicuelina y la ligaba con esa tafallera rematada hacia adentro en regusto. Dulce el pilar donde dejar la carga, donde arrastrar la muleta que canalizaba sutil y mandona tan extraordinaria embestida, pura, entregada, con tanta potencia en la lucha de seguir fiel el objetivo de la tela roja. Variedad, la trinchera, el molinete, lo fundamental a derechas y a izquierdas en una autoridad totalitaria, forzando un final más de ataque, donde Juli volvió a recordar sus tiempos de llevar la mochila a hombros. Dos orejas, sin discusión, tras una estocada tan suya y trasera, cogidas justo antes de aplaudir a su cómplice, al toro, al Dulce, al Pilar de incansables embestidas profundas donde dejó su carga para torear por momentos flotando, como uno soñó. Era el día de la victoria. El triunfo de muchas de sus cosas, que son las cosas de enderezar este mundo a la deriva, de degustar el sabor de la victoria en el ruedo y fuera de él. Y de apoyarse donde siempre, en el toro, esta vez Pilar extraordinario. Quedaba rematar la tarde de una gran obra frente al quinto, toro ligero de carnes, largo, de cara simple y viva expresión. El típico toro de Moisés Fraile, de El Pilar, que planea redondeándose en el capote, como buscando enredar en círculo al torero y al que Juli le lanzó capote con facilidad. Fue esta una faena de cambios, tras haber apretado el toro lo suyo en el caballo. Muleta en mano y sobre la diestra, el toro miraba torcido al torero, como si quisiera ver qué había detrás del morado y negro del terno de Julián. Luego, el colorado Guajiro respondía al toque abriéndose, repitiendo la embestida, una y otra vez, sin perder muleta sobre el pitón diestro, el mejor del toro. Juli no quiso esa distancia, ni la aparente facilidad de ese pitón derecho para montarlo en la noria. No la quiso. Prefirió limpiar el lado más opaco, el izquierdo, una y otra vez, con algún natural eterno, pero sin la brillantez ni la rotundidad ya vistas. Quiso imponer distancias, en lugar de adaptarse a la que pedía el toro, tal vez por darse el capricho de hacer lo que le pedía el corazón, una vez desprendido de la mochila y con el triunfo ya firmado. Hubo otros pilares que soportaron la tarde. Por ejemplo, un tercero de cuerpo menudo y cuerna veleta que sangró como pocos animales pese a darle sin fuerte apariencia en varas. Fue Pilar este de embestida con morro al suelo, pero al que le faltó ese punto de soltarse de la telas en los finales. Ante él, Talavante, un blanco y plata sin brillo, como nublado por las brumas de Euskadi, enfangando el limpio toreo de Alejandro en otras tardes. Tal vez Juli le pasó parte del peso de su mochila sobre los hombros, y se resintió. Y otra vez ese peso en el sexto, un toraco de caja grande, colorado, largo y hondo, con dos perchas. Sombrero acudía tan serio como pronto y humillado, sublime en el primer muletazo, soluble en el segundo y muy costoso ya en el tercero. Penaba Talavante por hacer equilibrio en el precipicio del abismo, pues el toro ganaba adeptos. Fue entonces cuando tiró de su movida, de su arrucina, de su estudiada fantasía, ya esperada por los públicos, y así ganar el favor de algunos que daban su tarde por perdida. Con eso, el optimismo de Matías (el juez que tiró líneas) y la estocada certera fue suficiente para tocar pelo. Pilares menos sólidos, los de Padilla. La tarde le comenzó torcida. El primero salió descoordinado y le soltaron al previsto como cuarto, toro rudo, sin desliz, que unas veces apretó por demás y en otras optó por la remisión. Parecido le ocurrió con el serio sobrero cuarto, toro grande, al que banderilleó con apuros en las salidas de un Padilla más disfrazado de viento que de ciclón. Apenas contó en una tarde que recordará por la ovación de bienvenida que le propinó su incondicional Bilbao. Trago casi amargo. El Dulce lo paladeó esta tarde El Juli, quien tenía mil motivos y se encontró con uno extraordinario para abandonar su carga. Plaza de toros de Bilbao. Sexta de las Corridas Generales. Se lidiaron siete toros de El Pilar -devuelto el primero por descoordinado-, correctos de presentación y de variado juego, con el común denominador de la humillación y la nobleza. Notable el jugado en segundo lugar, aplaudido en el arrastre como tercero, quinto y sexto. Juan José Padilla (salmón y oro con remates en negro): ovación tras aviso y silencio. El Juli (berenjena y azabache): dos orejas y ovación tras fuerte petición. Alejandro Talavante (blanco y plata): ovación tras aviso y oreja. Padilla fue obligado a saludar al romper el paseíllo. Lleno con algunos claros en tarde nublada.

Toro de El Pilar con el Juli    

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