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  CRÓNICA DE BARQUERITO: "EL CID CUAJA UN TORO DE MOISÉS FRAILE"
 
     
 

16/mayo/2008

AGENCIA COLPISA

Madrid: 8ª de San Isidro. Pero no pasa ni acierta con la espada y se deja ir un triunfo redondo. Ambiente de clamor en algunos momentos. Corrida muy notable de El Pilar.

 

Madrid, 15 may. (COLPISA, Barquerito)Seis toros de El Pilar (Moisés Fraile). Corrida de excelente presentación, pareja, ofensiva, bien rematada. Precioso el cuarto, único negro de un envío de toros colorados. El quinto fue extraordinario. Muy notable ese cuarto. El primero, distraído, de sesgado andar, fue el único no propicio. De buen juego los otros tres, arriba en la muleta, guerreros en varas, de mucha movilidad.

Juan Bautista, de moca y oro, silencio en los dos. El Cid, de añil y oro, vuelta y saludos desde los medios tras un aviso. Alejandro Talavante, de azul cobalto y oro, silencio en los dos.

Al toro de mejor estilo y más fondo de una destacada corrida de Moisés Fraile le dio fiesta El Cid. Fiesta mayor pero no completa. Si llega a matarlo, le corta El Cid las orejas. Pero ni eligió el terreno adecuado ni pasó con la espada. Tres pinchazos, tan hondo el tercero que se acabó tragando media estocada el toro. Y un descabello, antes del cual todavía el toro llegó a encelarse en las bambas de un capote o el vuelo de la muleta para salirse hasta las rayas. Detalle de los que retratan un final soberbio de bravo.

Después del segundo pinchazo, tan frustrante, y antes de volver a atacar con la espada, El Cid se puso por montera la muleta como para taparse la cara. La fiesta fue, de una parte, la ambición de El Cid, con ese toro, y con el otro también, y se diría que antes de salir a matar la corrida; de otra, el encaje, el relajo, el ajuste y el acendrado temple con que en tres tandas ligadas con la zurda, abajo la mano y barriendo la arena, cuajó El Cid el toro pero sin dejarlo vacío. Tres tandas entre las seis que hubo y fueron. Espaciadas y separadas, pausadas y pautadas casi a capricho porque lo primero que sucedió, y no pararon de suceder cosas, fue que El Cid, descolgado de hombros desde el primer envite, debió de sentirse en estado de gracia.

Lo estuvo en las tandas nones y no tanto en las pares de ese lote de seis que, en racimo, compusieron una faena de mayúsculo calado: por la verdad de los cites en la distancia y la solución segurísima del primer embroque, por la ventaja cedida de hacer al toro venir a los medios sin más reclamo que el gancho de la muleta por delante; por la colocación del torero en cada enganche. Las tandas pares no tuvieron tanto alcance: o por precipitación, o porque el pulso no fuera el mismo en los embroques, aunque sí la misma firmeza, o, en fin, porque el toro contaba y mucho. No siendo pronto, ni tardo tampoco, fue muy codicioso y, por bravo, sólo se encelaba a engaño puesto. Si tropezaba tela, protestaba. Muy poco.

Los pases de pecho de broche fueron, casi todas las veces, de largo vuelo. De cabo a rabo. Los grandes, enaltecidos por la composición de figura, se subrayaron con especial clamor. A mitad de faena, tras dos tandas nones y una par, El Cid era el amo del mundo y no lo disimulaba. Se había encontrado de partida, y en los sectores duros de la plaza, con reticencias menores pero sonoras, que iban más por el toro que por el torero. Pero que no contaban con que fuera a venirse arriba y tanto como lo hizo el toro. Lidiado desordenadamente, frito a capotazos, fiero en una vara con derribo, claudicante después del combate con el caballo y al suelo en un nada afortunado quite de El Cid, el toro sacó a chorro cuanto llevaba dentro: galope, entrega, nobleza. Con la plaza entregada, y después de las seis tandas con la izquierda, El Cid podía haber montado la espada y ya.

Pero se puso por la otra mano. Para torear para dentro, pero más al toque que enganchando. En la inercia del toro, que la tenía como si fuera cuerda de reloj. Bajó el nivel de golpe. No el clamor, recalentado con los adornos de toreo cambiado previos a la igualada. El cupo de faenas de El Cid sin remate con la espada vino a cobrarse un capítulo más. Pero esas tres tandas con la izquierda entran en la antología de las caras. Del mismo autor. Del mismo Cid que con facilidad enterró tendida la espada entera y suficiente para hacer rodar al segundo de corrida, que fue bueno pero no tanto.

Resuelto de verdad, también estuvo entonces puesto El Cid desde el primer muletazo con cite de largo y sostenido el tipo en el embroque sin flaqueza. En danza el toro, por tanto, tan solo arrancar el juego. Humillado pero un poco rebrincado por la diestra, el toro pareció acusar las galopadas de las dos primeras tandas. No todos los toros aguantan con aliento los viajes de más de diez metros al reclamo. Éste, además, sorprendió a El Cid por la mano izquierda un par de veces y, por acostarse al cabo, obligó a torear más con el pico que con la panza. Faena larga en todos los sentidos: de recursos y de pasar el tiempo.

Con la mano diestra toreó primorosamente Juan Bautista al cuarto de corrida, toro que se cruzó de salida pero rompió luego en excelente son. Los primores puristas y clásicos de Juan Bautista se encontraron a la mayoría como la pared de un frontón, donde rebotaban sin apenas eco los logros de tres tandas de toreo elegantísimo y muy despacioso. Agarrotado con la zurda en un principio, también por esa mano dibujó luego Juan Bautista. Pero estaba del revés la gente. En parte, porque la estocada chalequera con que se deshizo del primero de corrida fue borrón de los que dejan marca. Con ese primero, desmadejado, deslumbrado y distraído, la vista desparramada, no se avino Juan Bautista, que abrevió con criterio cuando el toro se puso por horizonte las tablas.

Gasto generoso hizo Talavante contra un estanque de hielo, que era la inmensa mayoría. La que estuvo con El Cid y tomó las dos faenas de El Cid, previas a las de Talavante, como referencia y patrón. Referencia de toreo enganchado y no sólo al toque, gobernado de verdad. En silueta, Talavante, de perfil y encajadito, sacó el revuelo de su muleta para engañar al toro, pero no todas las veces. Cuando se escondía el engaño, se venía abajo la idea. O se estrellaba el toro en la tela porque la muleta de Talavante es de inmenso tamaño. Moralmente tocado salió Talavante por el sexto, que cogió en banderillas feamente a Niño de Leganés y lo hirió en el cuello. Fue bueno el intento de Talavante, hasta que empezó a torear a tironcitos, o a resorte y sin soltar el toro, y la cosa perdió enseguida vuelo. No era una gran derrota pero lo parecía

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